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Mi chibitour a Japon 1 (día 2, VI 11/05/2001): Desvío por Shanghai y por fin la llegada a Kansai

MI CHIBITOUR A JAPÓN 1

DIARIO DE UNA EMBARAZADA EN JAPÓN.

Kioto – Osaka – Miyajima – Tokio – Nikko – Kamakura – Yokohama – Kawagoe

 (10 – 31 de mayo 2001, 22 días)

 

2- VI 11/05/2001 Desvío por Shanghai y por fin la llegada a Kansai

00:30

Bueno, aunque estemos a medianoche en España, aquí arriba ya hay claridad ya que hay 6 horas más en Shanghai, hacia donde volamos.

—Voy a llamar a mi marido para que le mande un mail a Michiko. Como me tiene que recoger, tengo que avisarle de que llegaré más tarde antes de que se vaya a dormir. —les comenté a las chicas.

—¿Tu marido? ¿Tu chico? —Dijo extrañada una de ellas.

—Aaah, me refiero a mi amiga, se llama Mi-chi-ko, con la que me voy a alojar estos días, mi marido está en casa. Ja, ja, ja.

Tras unas diez horas de vuelo, por fin, llegamos al recién estrenado aeropuerto de Shanghai y apenas sentí unos pequeños alfileres en la frente, la medicación ya me había hecho efecto. Claro que las sorpresas no habían terminado aún ya que no nos dejaban entrar al no tener visado y nos querían hacer pagar no sé qué tasas. A ver cómo les explicábamos que habíamos tenido huelga de pilotos, nos habían desviado y que solo queríamos coger el siguiente avión hacia Japón.

Por suerte, estaba la chica china que sabía español y nos solucionó la papeleta. Nos sellaron en el pasaporte un permiso de 24 horas para estar solamente en el aeropuerto, para no pagar no sé qué tasas y aproveché para comprarme un osito panda chino, una lámpara de papel y unas postales con algunos yenes que tenía encima.

 

Chibi nota: 100 pesetas = 58 yenes. (mayo 2001). 1 euro (120 pesetas) = 108 yenes. Un mes más tarde llegaría a los mínimos históricos de 1 euro = 100,62 yenes.

 

Mientras aterrizábamos por fin en la isla artificial de Kansai realicé mi primera foto donde se veía un puente bastante largo con un rascacielos al fondo. Tenía solo dos carretes para las tres semanas que me esperaban en adelante.

 

El primer cartel que me encontré fue el de Okaerinasai, Welcome to Japan, y logró que un escalofrío recorriera mi cuerpo. ¡Por fin se había cumplido mi sueño!

Fui un momento al cuarto de baño y cuál fue mi sorpresa al ver un agujero alargado en el suelo, el papel higiénico enfrente, una pequeña papelera a la izquierda y una palanca en la pared de la derecha con la que se tiraba la cadena. No me quedó otra que agacharme, pero con la barriga (y algo de sobrepeso, para qué negarlo…) era complicado, casi me caigo y no estaba demasiado limpio el lugar.

Tras recorrer varios pasillos llegué a la zona de inmigración, con unas buenas colas divididas entre extranjeros y japoneses. Según íbamos avanzando había un par de cartelitos donde estaba marcado que quedaban 30 y 15 minutos para que nos atendieran. Unos señores, con guantes blancos, nos iban indicando donde colocarnos y, una vez en el mostrador, entregábamos la tarjeta de desembarque que habíamos rellenado en el avión, graparon entonces parte del mismo al pasaporte y lo sellaron con la fecha de entrada. Bajamos las escaleras y allí recogimos las maletas. Ahora tocaba pasar las aduanas, me miraron el pasaporte y voilá.

Pensé que sería buena idea coger el autobús para ver algo de paisaje… menuda decepción cuando solo vi altos muros en ambos laterales por lo que no se veía absolutamente nada. Así supongo que no tenían accidentes con el carril contrario. Me centré entonces en la pequeña televisión del fondo donde emitieron un capítulo del anime Digimon Tamers, un anuncio del mobile pop de Chupa Chups y una bebida patrocinada por los Simpson ¿y los scotch brite? ¿Estaba en Japón o qué? Tras mucha pared y muchos peajes, por fin, pude ver algunas casitas típicas, a una chica colegiala pedaleaba la bici mientras el chico iba sentado, muchos peajes, macdonald’s, pachinko, mucho muro y de repente casas típicas.

No sé, todo muy curioso, aunque quería hablar con Javi y Maya. No me siento especialmente cansada, solo un poco mareada. Menos mal que al bajar a Osaka no me dolió la cabeza.

Había dormido un par de horas, pero ahora parece que se me ha pasado todo bastante rápido, ya estoy aquí y no puedo llamar a España.

 

19.30 (hora japonesa)

Pero tras otra hora de tren, llegué tan cansada a la gigantesca estación central de Kioto que cogí directamente el tren local hasta el pueblo de Michiko, Okubo. Al bajarme en la estación indicada, compré cuatro tonterías en el supermercado pequeñito de la esquina para tener algo de cambio y llamar a mi amiga para que me recogiera, ya era de noche. Estuve un buen rato intentando averiguar cómo funcionaba el teléfono, pero es que había dos, uno gris naranja y otro verde y no funcionaban. Casi me distraigo con el chico que cantaba en la entrada con su guitarra y la colegiala a mi lado a esas horas, pero saqué mis últimas fuerzas para centrarme y releer las instrucciones, tenía que meter primero las monedas en el verde, no incluir el prefijo y así logré hablar con ella. Entonces metí una moneda en el gris y llamé a España directo para hablar, a cobro revertido, con mi familia. Maya no paraba de decir “mamá, mamá”.

 

Apareció por fin mi amiga, de la misma edad que yo, a la que conocí hace unos siete años en un intercambio de la Escuela Oficial de Idiomas. Nos escribíamos cartas de vez en cuando y, evidentemente, cuando supe de la oportunidad de ir a Japón, le avisé y ella me invitó a pasar algunos días en su casa. Como su hermana ya no vivía con ellos, tenían hueco para mí. Parece que si no te invitan es que simplemente no tienen sitio. Al ver su coche me sorprendió su forma, aparte de pequeño, daba la impresión de que una grúa prensadora se hubiera cebado con él, como si lo hubieran chafado un poco por delante y por detrás. Era más cuadradito de lo normal. Pero así eran todos los que veía.

Mi amiga, tras pasar varios campos de arroz, aparcó en un hueco que había junto al minúsculo jardín de una casa independiente de dos plantas. Se me hizo raro bajarme por el lado izquierdo sin ser la conductora, se ve que van igual que en Inglaterra. Tras un par de escalones, entramos, pero apenas cabíamos las dos en el pequeño rellano de la entrada donde nos descalzamos, me dio unas zapatillas y accedimos a la vivienda. Aparecieron entonces sus padres para saludarme, les di la mano y balbuceé un hajimemashite y poco más. Les hice entrega de unos regalos: una botella de vino, una de aceite de oliva y, como me habían recomendado, dulces con un bonito envoltorio, sólo encontré peladillas de colores que me hicieran el apaño. Lo miraron y lo guardaron, tuve que insistir para que lo abrieran y las probaran.

Chibinota: hajimemashite, encantada.

Chibinota extra: ya, ahora sé que no suelen abrir los regalos, juas.

Todavía estaba su hermana pequeña que había venido a Kioto para pasar los últimos meses del embarazo con su familia y, ahora que ya había nacido su primogénito, si el tifón les dejaba, regresaría al día siguiente a Okinawa con su marido. Me preguntaron si sabía que los orientales nacen con manchas azules, me mostraron la espalda del bebé y no me lo podía creer.

Chibinota: Las manchas mongólicas azules son marcas cutáneas planas que aparecen cerca de los glúteos al nacer, comunes entre asiáticos, africanos o del este de la India.

Tras una charla con ellos, a través de mi amiga porque yo no entendía nada ni sabía qué decir, me enseñó su casa. Nada más entrar, a la derecha estaba su cuarto y a la izquierda, junto a las escaleras, un habitáculo donde solo había un váter. Qué divertido, tenía varios botones con los que podías mojarte la parte trasera o delantera con un chorrito de agua calentita. Además, al tirar de la cadena, una palanca lateral, salía el agua antes por el grifo que está encima y así aprovechabas para lavarte las manos y ahorrabas energía.

En medio del edificio estaba el pequeño comedor con suelo de madera, una mesa para cuatro personas y una cocina americana en un lateral. A la derecha estaba el cuarto de baño, sólo con la bañera y un pequeño tocador enfrente. Y, por último, le seguía el salón con tatami, suelo de esterillas de bambú, con una alfombra encima y cojines para sentarse frente al televisor. Debía ser alrededor de las ocho, pero hacía un par de horas que ya habían cenado. A priori, tenían pensado que saliéramos fuera, pero como había llegado tan tarde, me habían guardado un poco de arroz con curry.

Me instaron a tomarme antes un baño relajante y me explicaron cómo se hacía correctamente. En el pequeño tocador, me desvestí, entonces accedí, completamente desnuda, al cuarto de baño. Había un taburete frente a dos grifos, uno más alto para la ducha y otro, más bajo, para la pequeña palangana con la que me echaba agua que iba a parar al desagüe del suelo. Al lado estaba la bañera cubierta por una esterilla, la aparté, me habían encendido el termostato y el agua, nada templada, pasó a estar hirviendo. Creo recordar que marcaba 43 grados. Una vez duchada, limpia y libre de jabón me atreví a meterme en esa agua increíblemente transparente. Por un momento me sentí ligera como una pluma, pero tras un par de minutos, ya estaba bastante acalorada y tuve que salirme. Estaba más roja que una gamba.

Me enseñó mi habitación en la planta de arriba, menos mal que subió ella mi maleta porque menudas escaleras más empinadas y estrechas. Tenían una cama normal con patas donde podría haber cabido perfectamente una de matrimonio, fue el primer lugar que sentí algo más de amplitud. Al otro lado de la escalera se encontraba la de sus padres, con suelo de tatami, pero sin nada más, solo armarios. Parece que, cada día, desplegaban su futon, edredón, que ocupaba toda la habitación y, cada mañana, lo quitaban. Hice caso de su recomendación y me fui directamente al catre, la casa no paraba de moverse para mí.

Tenía que haber llegado temprano por la mañana, tras unas 16 horas de vuelo, algunas más con el cambio de aeropuerto y 7 de diferencia horaria, a efectos prácticos, hacía dos días que estaba de viaje y todavía sentía el zumbido molesto de las turbinas.

 

3- SA 12/05/2001 Lago Biwako

 

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Publicado en chibitours, Japón

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